Neurosis digital o autismo positivista

viernes, 16 de enero de 2009

Cuzco

Llegamos a Cuzco a la mañana. Éramos cinco, pero uno se agarró una infección intestinal en Copacabana y se volvió con su novia hacia La Paz.

La Isla del sol es un bluff: lo único simpático son los chanchitos que pasan por la playa. A la madrugada se llevaron toda la comida que habían llevado los rugbiers junto a la carpa y alguien se llevó dos pares de zapatillas (de cinco, de la misma carpa).

Adolescencia, argentinidad y rugby es una combinación nefasta.

Llegamos a la parte sur, caminamos tres horas, nos cobran peaje los de la comunidad, y todo para llegar a la playa norte, que parece una playita exclusiva de Mar de las Pampas.

Uno con el tiempo de viajar en Bolivia se vuelve fóbico al argentino, al chileno y al cordobés. Sobredimensionada seguridad ontológica, glotón, invasivo, expansivo. En fin, Cuzco parece más cosmopolita (es decir, el 90% de turistas argentinos de Bolivia se disuelve en más colores nórdicos-europeos). Me pregunto por qué me cae bien el europeo y por qué no me molesta tanto el brasilero. El europeo es silencioso, casi no lo detectás. Y el brasilero es jodón adolescente pero está en la suya, están en el fondo del micro o bus haciendo bardo pero es un bardo interno, alegre, idiota pero inofensivo. El problema con el cordobés, el chileno, el argentino (y ayer me crucé con un grupo de paraguayos, y unas chicas tucumanas, todos de esa nefasta proto-clase media alta que tan bien retrata Martel, miserable y tacaña) es que está todo el tiempo quejándose de todo, y cuando no, hace chistes idiotas. Verborragia, miserabilismo e instinto policíaco. Voy a tratar de escapar al menos del instinto policíaco y, con un poco de esfuerzo, del miserabilismo.
En fin, yo también soy argentino, y porteño. Gringuito.

El sol está 10% más caro que el peso argentino pero en el mercado comés por tres pesos. Difícil escapar del frito: pedís arroz con huevo y te traen además papas, huevo y salchicha, todo freído en un aceite usado. Pero no es para tanto, rico y barato.

Lo mejor de Copacabana es la trucha. El resto es una plaga de langostas consumistas o hippies que se creen una mezcla del Che y Bob Marley llamados genéricamente argentinos.

Mis compañeros de viaje dicen que etiqueto demasiado, todo el tiempo.

Hay que buscar un hotel porque en el que estamos nos dieron la habitación junto a Informes, y fue una tortura. Turistas (no voy a decir de qué país) llegando todo el tiempo, preguntando idioteces. Más tarde un peruano hablando de modo largo, pausado y cansino sobre Macchu Picchu. Usando el nosotros, como el político en campaña. Es decir, el peruano-guía ofrecía sus servicios y su tarifa en dólares y decía: y entonces iremos a Aguascalientes, comeremos un almuerzo liviano y caminaremos...

Recuerdo a un amigo en Navidad que me dijo que se metió por un camino ilegal. Llegó en lianas al Macchu. Todo embarrado. Un guardia le pidió la entrada. Pasó una noche en la cárcel. Duro. La ilegalidad siempre es tentadora. El contra-robo.

Llueve otra vez. Todos los días. Perú es parecido a Bolivia pero un poco más facho y con un poco más de glam. Oriente. Si a eso le sumás la pobreza, el nacionalismo, las bicis y moto-taxis, los viejos y chiquitos autos japoneses, estás bastante cerca de Vietnam.

En fin, mis compañeros se van del ciber. Arrivederci, Roma.

3 comentarios:

jb dijo...

yo tuve que volver caminando por las vías del tren no sé cuántos kilómetros porque había habido un accidente. no estuvo muy bueno después de los 4 días para llegar. en fin, recuerdos...
beso

lahe dijo...

linne crece

a. prats dijo...

¿Quién dijo que etiquetás demasiado? Es un reprimido.