Neurosis digital o autismo positivista

lunes, 20 de julio de 2009

Resistencia y dispersión



No puedo estar más en la computadora así que voy a la cocina. Leo un manual sobre cómo hacer buenos versos poéticos. No escribo poesía, pero me gusta leer los ejemplos. El tono coloquial con que el narrador te va contando su idea de la literatura. Escucho música clásica por la radio y me cuesta terminar los cigarrillos. Mi teléfono vibra porque recibió un mensaje escrito. Un amigo propone ir a ver la nueva de Transformers. Propongo algo más económico y nacional. No hay respuesta. Horas después me encuentro con uno de mis amigos más íntimos y por primera vez lo veo golpeado. Transformers es una mierda. Nos conocemos desde hace muchísimos años y nunca lo vi mal. Está desencajado, con un grado de conexión mucho menor al acostumbrado. Pero por otro lado lo veo más abierto, en momento de giro. Turning point. Crisis es oportunidad. Eres libre y eso es porque estás perdido. Estamos en la terraza del edificio de un amigo que está medicado. Hay mucho viento, el invierno no amaina. Pienso en las posibilidades de enfermarme y en cuanta gente habrá a la intemperie este oscuro domingo. Quizás nadie está a la intemperie por elección propia. O todos. La intemperie se elige. Lo mejor que le puede pasar a una persona son los golpes de la vida. ¿Cómo fue la vida de Lacan? Mi amigo golpeado dice que para cortar el salamín no necesita necesariamente un cuchillo. Discutimos y finalmente gana el cuchillo. Me levanto y me asomo a una medianera para tratar de ver la terraza de mi casa. No se ve. Alguien comenta que hubiese sido mejor ver la nueva de Terminator. Muchos edificios pero sólo cinco cuadras. Pienso en enfermarme. En pasar el tiempo encerrado más allá de esos edificios. Pros y contras. Dolor y cansancio. Pero nada de culpa para mirar series ni dormir mucho. Mi amigo que siempre está bien pero hoy no dice no quiero hablar, mejor otro día. Entramos al cuarto de mi amigo. Grabo su número de teléfono en la memoria del mío. Lo escuchamos tocar el teclado. Nos sorprende. Por momentos veo una foto en la que estamos todos los amigos hace diez años. Me levanto de la cama en la que estamos sentados para ver el movimiento de sus dedos. Dos broches para colgar la ropa sostienen partituras frente a sus ojos que miran las teclas. Es un momento sensible descubrir que un amigo ejecuta con tanta seguridad algo tan noble. El aire se purifica con esa sublime música acolchonada que nos suena de las películas. Bocas abiertas en blanco y negro. Mi amigo deja de tocar y se pone a hablar de cuerdas y pianos de verdad. De cuartetos y pizzicatos. Pide excusas. Dice: seis meses más, me compro un piano y me voy a vivir solo. Después dice: tengo que empezar a salir más. Vamos a mi casa con la idea de amasar fideos. Llamo a un amigo chef para que me aconseje. Me alegro por tener la cantidad necesaria de huevos -seis o siete- pero nunca encuentro la harina. Mi amigo músico propone pizza. Dice yo invito. Le doy dos pesos de propina al delivery y me parece mucho pero después no tanto. Le doy a mi amigo músico mi parte del dinero de la pizza. El invita a nuestro amigo golpeado. Paso unos minutos calculando que yo también estoy invitando a nuestro amigo en crisis y llego a la conclusión de que eso está bien. ¿Cuáles son los sutiles gestos que nos separan frente a los otros de ser relativamente pobres de relativamente tacaños? ¿Relativamente fríos de relativamente pesados? ¿Indiferente o desesperado? ¿Relajado o neurótico? ¿Adicto al trabajo o colgado? ¿Y qué combinación es peor? Si me apurás para que defina mi invierno en dos palabras te digo resistencia y dispersión. Me enseñan a jugar a un juego de cartas llamado La podrida. Mientras buscamos hielo hablamos de mujeres. Ex novias, amigas que hacen trios y tienen novias. Hablamos básicamente de lo lejos que estamos de las mujeres. Guardo lo que quedó de pizza para dejar de comer por ansiedad. Calculamos la cantidad de manos que vamos a ganar por ronda. Cero, uno, dos, tres o cuatro manos. Hagan sus apuestas. Ganar me cambia el ánimo. La apuesta es un trago en el próximo lugar donde podamos pedirlo. Bar, fiesta o discoteca. Le indulto la pena a mi amigo. Le presto un libro a cada uno de mis amigos. Me gusta creer que elijo el libro adecuado para cada amigo. Que recomendándoles el libro con precisión personalizada le abrirán las puertas al consumo de literatura. Al final sólo soy un positivista de mierda. Un joven de veintisiete años con exceso de formación teórica, con demasiados consumos audiovisuales norteamericanos y con muy poca calle. En la puerta digo que el amigo músico es el eslabón perdido entre Beethoven y Piazzola y pienso que quizás haya tomado demasiado. Otro amigo deja su libro prestado sobre el capot y mientras saca las llaves del auto me pregunta: ¿y si no tengo papel para el asado puedo usar el libro? Le digo que no. Pero para abanicarlo, me aclara, y usa el libro como abanico de un asado imaginario. Ah, como abanico sí, respondo, y cierro la puerta. Lavo platos con una sonrisa. Poco higienismo mental tan eficaz como pasar los domingos con amigos. Un lindo abanico social para refrescar la calurosa sensación de que at the end of the day, el día de la gris despedida, nos encontrará con el sabor amargo de otro final de semana que terminamos solos. Y ver amigos los domingos también puede servir para recordar que tal vez no haya más que esto, y que tal vez eso no esté tan mal después de todo, esporádicos pero reparadores refugios que nos protejen durante un rato de las nubes del camino.

3 comentarios:

taparoja dijo...

me encantó, sensible hombre. apologíadellibro.etc.

Hermanos Dios (Mayor) dijo...

La epifanía del final emociona, loco. El relato tiene un ritmo alocado y, me parece, es fiel a las sensaciones que corren por dentro del narrador.

¿Pasaste alguna vez por el antidomingo, cerca de tu casa, en Saavedra?

lexi dijo...

me encanta la velocidad del relato y es hermoso el final!

(siempre me da curiosidad lo que hacen los hombres cuando no hay mujeres, ja)

beso!